El patio chico era una deliciosa placita, tranquila, apacible, un remanso de paz en la vorágina turística de Salamanca. Era, antes de que lo llenasen de luces y engendros que atraen a tal masa de gentes que han obligado a colocar un laberinto de acceso a otro de los anteriormente lindos y quasi-pacíficos lugares, el huerto de Calixto y Melibea.
Pero vayamos por partes, que hay navidad para rato todavía. De momento les muestro en la imagen el «regalo» que la Caja Rural ha hecho a la ciudad y colocado en el que el resto del año es ese bello lugar llamado patio chico. Como marco tiene «la criatura» a las dos catedrales. No tengo palabras para juzgar el atentado estético. Miento, sí las tengo pero mejor me las callo.
Actualización: Buscando, buscando me acabo de enterar de que este muñeco entró en la tradición navideña alemana a través de un relato de E. T. A. Hoffmann, escritor prusiano de origen polaco-húngaro. El relato se llama «El cascanueces y el rey de los ratones» y el tal soldado de madera servía para partir nueces entre sus mandíbulas móviles. Como se ve de mandíbulas nada en esta versión centroeuropea injertada reciente en la tradición navideña. Un poco más antigua que el gordo barbudo vestido de rojo, pero no mucho, no vayan a creer.

