En un pueblo de León, cercano a la capital, me encontré con una vieja amiga. Más amiga que vieja -al menos de momento- este personaje decora su casa de tal guisa que a veces escapa a la mirada un detalle u otro. Este que les muestro se me escapó a primera vista. Se trata de su versión del nacimiento del diosito. No me digan que no es entrañable, sobre todo la barriguitas negra que, debo decirlo, es un guiño a su pasado. Me recuerdo ahora, además, de una vieja pintada que decoraba una pared con el texto «Dios es negra». ¿Casualidades, coincidencias? A saber…
No me pregunten más, gocen del espectáculo que me ha hecho prolongar el fin de esta temporada de odios navideños que, además, se ha visto sumada a varias otras odiosas vicisitudes personales.

